¿Por qué dejar al azar nuestro epitafio, o a lo que otras personas consideren que debe escribirse, en vez de escribirlo uno mismo?

Imaginar que nos morimos (con detalles) es la tarea número 20 del libro “101 experiencias de filosofía cotidiana”, de Roger Pol-Droit. Solo se requiere una mente dispuesta a hacerse un memento mori personalizado y detallado. ¿Te animas?

“(…) tienes que imaginar tu propia desaparición, que es infalible. Intenta imaginar tu agonía, tu cadáver, tu entierro, cómo se pudre tu cuerpo, tu esqueleto. Visualiza la tumba, los líquidos inmundos. Sé consciente de que no volverás a ver la luz del día (…). Es posible que estas ideas te produzcan tristeza. Seguramente te aliviará saber que esta desazón es absurda y, en realidad, carente de objeto (…). No podemos imaginarnos muertos. Siempre será un pensamiento de persona viva. Toda nuestra imaginación está en la parte de la vida. Aunque sea morbosa, sepulcral, vampírica, aunque esté llena de telarañas y ataúdes bajo tierra, la imaginación no tiene ninguna relación con la muerte”.

Death Cafe

¿Disculpa? ¿Me estás sugiriendo que piense en mi propio epitafio, en esas dos o tres líneas que resumen por lo que querríamos ser recordados a nuestra muerte?

Pues sí, esa es la sugerencia. No hay cosa más democrática que la muerte, y nos llega a todos. Así que la reflexión es por qué dejar al azar nuestro epitafio, o a lo que otras personas consideren que debe escribirse, en vez de escribirlo uno mismo.

Con este ejercicio no pretendemos regodearnos en la muerte. Todo lo contrario, reflexionar sobre la muerte es reflexionar sobre la vida; hablar de la muerte es hablar de la vida. Y nos da muchísima perspectiva: ¿Cuántos de nosotros en nuestro epitafio mencionaríamos nuestros éxitos laborales o las casas y coches que hemos poseído? ¿Cuántos mencionaríamos a las personas amadas? ¿Elegiríamos la cita de algún autor que siempre nos ha gustado para nuestro propio epitafio? ¿Preferiríamos escribirla nosotros mismos? ¿Añadiríamos un toque de humor, o la seriedad impregnaría nuestra elección?

Vamos a repasar algunos epitafios, y quizá con ello nos llegue la inspiración para animarnos a escribir el nuestro propio.

Uno de los más conocidos, anónimo, reza así: “Aquí hoy yo; mañana tú”… ¡qué excelente recordatorio, sencillo, corto y directo! Es la esencia de la idea que transmiten todos los epitafios, aunque cada autor imprime sus propios matices: algunos graves, otros poéticos, otros con un sentido del humor digno de admirar.

Enrique Jardiel Poncela nos regaló esta joya de sabiduría: “Si buscáis los máximos elogios, moríos”.

Algunas personas prefieren decantarse por aquello que les marcó la vida, como en el caso de Primo Levi, enterrado en el Cementerio Monumental de Turín, y que junto a su nombre, año de su nacimiento y muerte, se grabó el número de prisionero que el dieron en el campo de exterminio de Auschwitz: 174517.

A veces, los epitafios no vienen de uno mismo, sino de los demás: en la tumba de Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse en París, un buen día apareció la siguiente inscripción: “Aquí yace el cronopio mayor”.

En otras ocasiones, dejas tu epitafio escrito, pero no cumplen con tus últimas voluntades (de este tema hablaré próximamente en otro artículo): nuestro querido Juan Ramón Jiménez quiso que apareciera en su tumba “…Y cuando me vaya, quedarán los pájaros cantando”. Sin embargo, no es lo que reza el epitafio de su tumba situada en Moguer, Huelva.

David Hume fue muy breve: Born in 1711. Died in 1776. Leaving it to Posterity to add the Rest… o sea, que la posteridad añada el resto.

Otra gran críptica hasta el final de sus días fue Emily Dickinson, cuyo epitafio reza: Born Dec. 10, 1830, Called back May 15, 1886… o sea, que nació y la llamaron de vuelta.

Hay otras personas que le echan un poco más de humor:

Purificación, fallecida el 14 de julio de 1992, afirma en su epitafio “Estoy aquí en contra de mi voluntad”. Y en esa línea, un tal Antón escribió en su tumba “Que conste que yo no quería”.

Los familiares de Gustaba lo tenían claro: “Recuerdo de todos sus hijos (menos Ricardo que no dio nada)”. Y el marido de Julia Pancracia también, cuando escribió el siguiente epitafio en su lápida: “Aquí yace mi mujer, fría como siempre”.

Como veis, las posibilidades de redactar un epitafio son infinitas. Algunas llaman a la reflexión profunda, otras al humor, pero todas son válidas para que repasemos nuestra vida hasta el día de hoy, en cómo está transcurriendo y en la posibilidad de cambiar algo si en nuestro interior sentimos que el epitafio que se podría escribir sobre cada uno de nosotros en estos momentos no coincide con lo que nos gustaría que quedara para la posteridad.

Así que, para terminar, os animo a que le dediquéis algunos minutos de vuestro tiempo a pensar en el epitafio que os gustaría adornara vuestra tumba, y a que os dejéis llevar por vuestra imaginación.

Adjunto el enlace al libro que he mencionado al principio de este artículo:

https://blackiebooks.org/catalogo/101-experiencias-de-filosofia-cotidiana/

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